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Nova Casa Editorial

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© 2015, José Vaccaro Ruiz

© 2015, De esta edición: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación

Maite Molina

Cubierta

Vasco Lopes

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© iStock.com / Andrejs Zemdega

Maquetación

Noemí Buesule

Impresión

QP Print

Revisión

Amelia Padilla Roig

Primera edición: Septiembre de 2015

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José Vaccaro Ruiz

no dar papaya

Nova Casa Editorial

El por qué del título

A medias con un colega también escritor dirijo un círculo de lectura de novela negra en la Cárcel Modelo de Barcelona. Cada quince días, con el DNI entre los dientes y tras despojarme de mi reloj, móvil, cinturón, llaves, monedas y pasar cinco controles estancos, me adentro hasta el panóptico de su bóveda central de donde parten las seis galerías —la de los reincidentes, la de ingresos, la de los veteranos…—, y en la biblioteca de la cárcel mantengo dos horas de debate con los internos.

Como es fácil imaginar, y aparte de literatura, en el apartado de ruegos y preguntas de cada sesión aparecen argumentos sobrados para escribir mil y una novelas, no negras, sino negrísimas: droga, cohecho, emigración ilegal, delitos económicos, secuestro, robo… En definitiva todo el Código Penal en sus diversas formas y variantes y a lo ancho y a lo largo de su articulado hace acto de presencia en vivo y en directo: el delito continuado, las circunstancias atenuantes y agravantes, el estado de necesidad, la defensa propia, la prescripción, los beneficios penitenciarios… Un mundo denso, ensimismado y oscuro que desconoce cualquiera que no traspase el muro que separa la Modelo de la calle Entenza.

Las sesiones están presididas por un dispositivo antipánico que la bibliotecaria me entrega cuando me deja a solas con los internos al objeto de que, si hay problemas, lo pulse para que al momento comparezca una brigada de guardias capaz de poner fin a cualquier incidencia no programada. Afortunadamente nunca he tenido la necesidad de apretar el botón, y espero que la cosa siga así.

Pues bien, un colombiano, preso por tráfico de estupefacientes, que a los efectos llamaré Rubén Darío, me explicó que en Medellín, de donde procede, el undécimo mandamiento de la Ley de Dios es “No dar papaya”. Ante mi pregunta de qué era eso de no dar papaya me respondió que significa, en un entorno tan conflictivo y peligroso como aquél, estar alerta, no bajar la guardia, vigilar para evitar que a uno lo secuestren, lo roben o lo maten:

—Quien no lo cumple, puedo asegurarle que allí dura poco, señor—. Me dijo Rubén. Y yo le creí.

Y visto que Jacinto Cortés, el protagonista de mi novela, al final no está suficientemente atento a cumplir ese precepto, se le podía aplicar, por no haberlo atendido, ese undécimo mandamiento de mi tertuliano colombiano.

También, por qué no decirlo, es un pequeño homenaje a mis compañeros del círculo de lectura que me han abierto los ojos y los oídos a una forma de ver y entender la vida y la moral muy distintas de las que existen extramuros de donde ellos están confinados.

Preferí ese título, “No dar papaya”, a otros como “El Caracortada”, o “A hierro muere”. Entiendo que ese estado de prevención e inseguridad es innato al delincuente y forma parte del código genético de quien ha elegido vivir al margen de la ley. Y que, como se dice al final de la novela, referido a Jacinto Cortés para explicar su muerte: Él la dio, la papaya, bajó la guardia, se abrió y así le fue.

1

En la puerta cuarta del segundo piso del número 11 de la calle de la Sal, de La Barceloneta, al que se accede por una escalera de apenas 80 centímetros de ancho, tenía su despacho de prestamista (como él eufemísticamente designaba al lugar y a su negocio de usura), Jacinto Cortés, un extremeño oriundo de Los Barruecos, una aldea perteneciente al municipio de Malpartida de Cáceres. En el barrio, y por extensión en Barcelona, y entre otros sobrenombres, se le conocía por el Caracortada, debido a la cicatriz que le cruzaba el rostro.

Esta es la historia de su vida, pasión y muerte.

Ya de entrada, haber nacido en un lugar malpartido, fonéticamente primo hermano de malparido, no le auguraba nada bueno. Llegó a Barcelona en los años 40, aparte de huido de su lugar de origen, en busca, como tantos otros, de un espacio bajo el sol donde poder alcanzar y disfrutar una mejor forma de vida de la que le ofrecía el entorno donde nació. Allí moraban media docena de familias —un remedo de las 400 que alguien dijo que remenaven les cireres en Cataluña—, que dominaba la vida y la muerte de los 10.000 habitantes de la comarca, ocupando y copando todos los estamentos de riqueza y poder habidos y por haber —alcaldías, clero, propiedades, profesiones liberales—, que pasaban a sus hijos, nietos y tataranietos sin solución de continuidad, no dejando más que migajas de pan duro para el resto, destinados a servir de jornaleros temporeros los varones, y las hembras hacer de criadas y amas de cría sujetas al derecho de pernada del señorito.

Si esto ya era así antes de la Guerra Civil, en la postguerra se vio aumentado y corregido. La llamada Campaña de Extremadura, una especie de Blitzkrieg a la española que se llevó a cabo del 3 al 28 de agosto de 1936, fue un desfile militar para los sublevados; y la escasa resistencia encontrada, además de ser rápidamente eliminada, tuvo su corolario en forma de carnicerías como las de Badajoz y Almendralejo. En cuanto a los pocos que pudieron escapar a Portugal, el régimen amigo de Oliveira Salazar se encargó de devolverlos a su lugar de origen para que recibieran el trato que merecían. Si Lampedusa escribió que todo debe cambiar para que todo siga igual, en el caso de la extrema y dura Extremadura, los que mandaban no tenían ninguna voluntad de cambio, y sí de permanencia como la forma segura de que todo continuase inalterable por los siglos de los siglos. Aunque, eso sí, confortados sus resignados siervos de la gleba con los santos sacramentos y la bendición apostólica que les aseguraba, como recompensa en la otra vida y a cambio, un asiento a la diestra de Dios Padre Todopoderoso.

El hoy octogenario usurero Jacinto Cortés, más avaro que Scrooge, el personaje de Dickens, y más descreído que el marqués de Sade, fue en su adolescencia monaguillo, como de forma obligada lo eran todos los mozalbetes de la aldea que le vio nacer. Los Barruecos, uno de los muchos culos que tiene el mundo, no era por entonces otra cosa que una cincuentena de cabañas de adobe techadas con pajizo que daba asiento a una población que sobrevivía a base de criar cuatro conejos y gallinas y plantar tomates, judías y pimientos en un huerto a orillas del río Salor —un huerto que, o bien en épocas de lluvia se inundaba, o cuando persistía la sequía había que regarlo a brazos—. Completaban sus ingresos las peonadas que en junio conseguían segando y acarreando trigo y cebada, y en septiembre apaleando olivos, ambas cosas de sol a sol y con los pies siempre asentados en suelo ajeno, las propiedades del señor, porque, aunque quisieran, les era imposible pisar en otro sitio. Muchas de aquellas casuchas se demolieron cuando la Junta de Extremadura declaró Los Barruecos monumento natural y no daban la talla para ser inmortalizadas por las Sony o las Canon de los turistas urbanitas que las visitaban dentro del programa gastronómico-cultural, tout compris, que incluía Trujillo, Mérida y Cáceres. Someter aquellos rapaces, de los que nuestro protagonista Jacinto formaba parte, a la disciplina eclesiástica, era una manera de mantenerlos sujetos y uncidos al carro de la autoridad que representaba la Iglesia. Se les hacía aprender de memoria latinajos, del estilo de Omnes beatorum Spirituum ordines Angelorum, de los que no sabían ni poco ni mucho su significado para que, uniformados con la casulla de escolanos, los soltaran cuando acompañaban a don Merino, el cura de Los Barruecos, en los rituales de vivos y muertos que oficiaba.

A los 13 años, y como le ocurría a todo aquel que despuntaba por su listeza, el pequeño Jacinto fue tentado por don Merino para ingresar en el seminario de Badajoz:

—Así podrás salir del pueblo y escapar de la miseria que te espera de por vida si permaneces aquí —a ojos del trinitario una razón de peso para vestirse de negro.

El cura, que había estado en Madrid y Salamanca, se ufanaba de conocer mundo, y su forma de manifestarlo era despreciar y tirar por los suelos aquel vericueto donde el obispo de Guadalajara le había confinado de por vida, él sabría por qué.

Desoír aquel supuestamente bien intencionado consejo fue el primer signo que Jacinto dio de no dejarse influir por los demás. Lo hizo porque, aparte de los cinco años de seminario en régimen carcelario que le esperaban si accedía, los hábitos llevaban aparejado el juramento de pobreza, obediencia y castidad. Entonces, ¿para qué quería el estatus que el fraile le proponía, si eso le impedía disfrutar de las cosas buenas de la vida? No sirvió de nada que el trinitario, a sabiendas de los ejercicios manuales que el hijo de María la Larga —así era conocida la madre de Jacinto—, a solas o en compañía de otros, practicaba con su rabo hasta hacerle saltar chispas, le dijera que aquellos votos evangélicos eran más literatura que otra cosa, contándole que había quien —él mismo, aunque hablara en tercera persona—, cuando la bajera le apretaba metía en un maletín un traje de paisano de ojo de perdiz, subía al coche de línea y se acercaba a Cáceres o a Plasencia y allí, en los mismos aseos de la estación de autobuses, cambiaba de atuendo y salía hecho un figurín en dirección a lugares donde aplacar sus picores por un módico coste: los hospitalarios El Rincón de la Ramona o Casa Benita. Ramona y Benita eran dos alcahuetas —el calificativo de madame no estaba inventado, al igual que el francés que practicaban sus pupilas que, aun cuando directamente relacionado con la lengua, no tenía nada que ver con el idioma—, supervivientes ambas de la Dictadura de Primo de Rivera, la República y la Guerra Civil. Con decenios del oficio de celestina a sus espaldas, la Ramona y la Benita sabían cuál era la ocupación de aquellos tipos como don Merino, de manos suaves y olor a colonia de lavanda que, cuando abandonaban la habitación tras una hora de ejercicios físicos nada canónicos con la Carmela, la Adelaida o la Joaquina, dejaban la almohada manchada del negro betún con que se teñían la tonsura que en forma de hostia lucían en su cabeza. Eran tiempos de Nacional-Catolicismo e interesaba estar a bien con los ministros de Dios, de ahí el precio de economato con que las dos trotaconventos les obsequiaban, y la pregunta que, acompañada de una sonrisa cómplice, les hacían al despedirlos:

—¿Ha estado todo a su gusto?

A lo que sus clientes, en su mano el sempiterno maletín con el breviario, la sotana y el almidonado alzacuellos en su interior, respondían con un asentimiento de cabestro y les soltaba los cinco duros de rigor. Y sin más dilación iban en busca de un asiento en la sepulvedana para regresar a sus sacristías y púlpitos de origen.

Don Merino desistió de convencer a Jacinto acerca de la plácida carrera que le esperaba si se vestía de oscuro y renegó de su hasta ese momento pupilo favorito cuando, una mañana, lo encontró en la iglesia con el sagrario abierto y dándose un festín a dos manos con las hostias del copón y el moscatel del cáliz. Lo peor fue que don Merino hizo su entrada en el templo acompañado de doña Asunción, la mujer de un concejal de Malpartida, lo que le obligó a descargar toda su furia divina contra él:

—¡Vas a ir al infierno de cabeza! ¡Eres peor que Judas! ¡En mi vida he visto un sacrilegio mayor!

—¡Virgen Santa, Virgen Santa! —no paraba de gritar doña Asunción pegada y buscando la protección del cura, quien no le hacía ascos a los rebotes que la asustadiza y retozona teta de la edil consorte iba dando en su antebrazo.

Jacinto, que desde hacía varios meses ya seguía aquella dieta sacramental, no por haber sido atrapado in fraganti mostró el mínimo azoramiento, ni dio muestras de estar arrepentido, bien al contrario, acabó de apurar el resto de vino que quedaba en el cáliz y, acompañado de un sonoro eructo, le espetó:

—No don Merino, usted se equivoca. Con este atracón del cuerpo y la sangre de Cristo, a buen seguro que iré al cielo de cabeza. ¿Cómo va a permitir Dios otra cosa?

Hubiera hecho mejor, sino abjurar de su pecado, al menos guardar silencio, porque semejante blasfemia tuvo la virtud de empeorar aún más su situación, sin que el estar más que achispado le sirviera de atenuante para la pena que se le aplicó.

Por conducto del obispo de Cáceres, el cura denunció el hecho a la Guardia Civil, y a los dos días llegaba a la aldea una pareja de números, prendía a Jacinto y lo conducía al calabozo que había en los sótanos de la Casa Consistorial de Malpartida. Allí lo desnudaron y le dieron una soberana paliza. La recibió sin abrir la boca para quejarse, los labios apretados y el ceño fruncido mientras era objeto de patadas, correazos y puñetazos hasta que los dos sajones quedaron saciados, aunque insatisfechos porque no consiguieron que el reo emitiera lamento alguno. Cuando le dejaron ir, apenas podía dar un paso.

—¡Que te sirva de escarmiento! La próxima vez te llevaremos a un reformatorio del que no saldrás si no es para ir a la cárcel. Allí es donde están los indeseables como tú —le soltó el cabo.

Él no respondió, a paso lento y arrastrando los pies, con las piernas, el culo y la espalda en carne viva, con un diente y medio de menos y la vista fija en el polvo y las piedras del camino, tardó tres horas en recorrer los cuatro kilómetros que lo separaban de Los Barruecos. Con la cabeza baja, no le importaba quién se cruzaba con él ya fuera hombre, animal o cosa, y a la inversa. Nadie hizo el menor gesto para prestarle ayuda; todos estaban al tanto de que era un apestado del poder establecido, y contra el poder, ninguna broma. Necesitó dos semanas inmovilizado en el catre para que el color de los hematomas cambiara y pasara, del rojo al violeta y luego al amarillo hasta desaparecer, mientras los chichones iban menguando gracias a los emplastos de tomillo y hierbabuena que la Larga le aplicaba. No pisó la calle hasta sentirse con fuerzas para correr y saltar como si no hubiera pasado nada, o lo ocurrido no le hubiera afectado lo más mínimo; no quería que sus vecinos lo vieran tullido sabiendo que la mayoría aplaudía el castigo infligido.

Ese suceso marcó un antes y un después en su vida, y no solamente porque don Merino cambiara las cerraduras de la sacristía y del sagrario. A partir de entonces el deambular de Jacinto por las fincas o las calles del pueblo iba acompañado de su ojeo por advertir la puerta abierta de una casa o un corral y las no vigiladas alforjas de una caballería para afanar, en un visto y no visto, cualquier cosa convertible en comida o, mejor aún, en dinero. Más de uno que presenció sus maniobras prefirió mirar hacia otro lado, y así evitarse problemas. No sirvieron de nada los ruegos de su madre para que acudiera a la llamada de los capataces que buscaban jornaleros cuando llegaba la siega, o para que se pusiera detrás de la yunta de caballerías arando de sol a sol los campos en barbecho. Cuando ella insistía para que su niño siguiera la senda de los hombres de bien, él se giraba y se levantaba el jubón mostrándole las cicatrices dejadas en su espalda y su culo por las correas y la fusta de los guardias civiles; y María la Larga, entonces, callaba.

2

De la forma como a los 17 años Jacinto salió de su villorrio, más bien escapó de él, tuvo la culpa don Gabriel, el personaje que, entre otros negocios de menor enjundia como Casa Benita —de la que era socio fundador y frecuentador—, y la compra y venta de favores políticos, dominaba el tráfico legal e ilegal de todo tipo de mercancías con la vecina Portugal. En ese momento, el año 1944, más que los alijos de fardos de bacalao, cartones de tabaco o barricas de vino de Oporto, era el mercado negro de la penicilina lo que le producía mayores beneficios. Se trataba de un bien escasísimo y carísimo, considerado una cura milagrosa en cualquier tipo de infección o mal que uno padeciera, al mismo nivel que el agua de Lourdes o Fátima. Era tal su fama de sanalotodo, que se aplicaba —el que podía disponer de ella—, incluso en los casos de cáncer, aunque evidentemente sin resultado alguno. El precio oficial era de 25 pesetas por dosis pero, sujeta a la ley de la oferta y la demanda en función de la necesidad y urgencia que se tuviera, su valor en el mercado negro se triplicaba o cuadruplicaba. En plena Segunda Guerra Mundial, su carencia respondía al hecho de que los yankees no querían que ese ungüento maravilloso del que ellos tenían prácticamente el monopolio mundial, cayera en manos de sus enemigos, ya fueran alemanes, italianos o japos, y sirviera para devolver la salud y retornar a la trinchera a aquellos que, con tanto esfuerzo, sus aguerridos boys habían enviado al hospital tras atravesarlos con su bayoneta o añadido a sus cuerpos unos gramos de plomo. De ahí que se restringiera su exportación en cupos muy reducidos y el mercado negro estuviera en plena ebullición, sobre todo en países como la germanófila España, que no gozaba precisamente de la simpatía de los aliados. La insaciable necesidad que la contienda creaba de tan valorado curapupas apenas se vio atemperada cuando, empleando nuevas técnicas, a finales de 1942 se pudieron obtener 50 unidades de penicilina por mililitro de cultivo allí donde hasta entonces solo se conseguía una. Pero el precio se mantuvo estable, por no decir que subió.

Todo eso no hubiera preocupado en absoluto a Jacinto si no hubiese sido porque su madre contrajo unas fiebres maltas que, además de cebarse en cuerpos malnutridos como era el de María la Larga, son de origen bacteriano y una enfermedad para la que sí era un remedio infalible la penicilina. Él, en cuanto lo supo, buscó la manera de obtener el preciado antibiótico.

A pesar de sus antecedentes de excomulgado, una de las fuentes de posible suministro a la que acudió fue a don Merino por aquello de la caridad cristiana. Sabía que el ejército tenía las puertas abiertas para atender cualquier demanda que le llegara del clero, de forma que el Cuerpo Militar de Sanidad le surtiría del valioso elixir si conseguía su mediación. Pero el cura, tras escuchar su ruego, apeló a la suprema instancia que la Iglesia dispone para casos como el suyo cuando la respuesta de fondo es un «no».

—Hágase la voluntad de Dios. Si Él así lo quiere tu madre se salvará, pero si ha decidido que muera, ningún medicamento será capaz de evitarlo. Tú debes rezar para que Nuestro Señor se digne ser misericordioso aunque Él, finalmente y como siempre, hará lo que estime mejor y más justo. Con ella y también contigo —lo cual le sonó a Jacinto como una maldición, y añadió—: No estaría de más que en este trance le hicieras la promesa de cambiar y regresar allí de donde jamás debiste salir, al rebaño de sus ovejas y al magisterio de sus ministros.

En otras circunstancias lo hubiese abofeteado, aunque sabía que eso podía significar otra paliza y un mes a pan y agua en el calabozo, pero ahora debía intentar obtener el medicamento, todo lo demás podía esperar. Se tragó su furia y salió de la sacristía dejando a don Merino embutido en la casulla y en disposición de oficiar la misa de las 12.

En su búsqueda por encontrar un suministrador, don Timoteo, el secretario del ayuntamiento de Arroyo de la Luz, viéndolo tan apurado se compadeció de él y le señaló el palacio de la plaza Mayor de Cáceres donde vivía don Gabriel Ramos Iglesias como el lugar y el medio más seguro y rápido para hacerse con el fármaco. Aunque le advirtió:

—Prepárate, porque puede pedirte 100 pesetas o más por una dosis. Don Gabriel es todo menos hermanita de la caridad. Y otra cosa, no quiero que le digas que he sido yo quien te ha encaminado a él.

De acuerdo, no lo haría. Por lo demás, Jacinto estaba dispuesto a aceptar cualquier precio que se le pidiera. Se vería, eso sí, obligado a demorar su pago porque no disponía de más capital que 40 pesetas, una cantidad irrisoria comparada con la cifra que le había anunciado don Timoteo, pero estaba dispuesto desde robar a hipotecar su vida si fuera preciso. Por su talante bravucón tenía fama en la comarca de ser un tipo con quien era mejor no meterse si uno no quería salir mal parado; aparte de no conformarse jamás con un no. Hasta ese momento las reyertas las había tenido en las tabernas, las casas de putas de las que ya era un asiduo, o en el baile; pero, como decían sus vecinos, «el chaval prometía». Estaba seguro de que don Gabriel apreciaría esas cualidades y encontraría la forma de utilizarlas para saldar su deuda, lograrlo solo dependía de su capacidad para impresionarle. Imaginaba también, tras informarse de la cantidad de teclas que tocaba el cacique y del ejército de matones bajo su mando, que si entraba a su servicio, y además de curar a su madre, podía conseguir una despejada y fructífera carrera a su sombra. Mil veces mejor eso que destripar terrones o seguir de robaperas.

Lo recibió acompañado de su secretario particular, un tal don Arturo Flores, bajo de estatura, bigote caudillista y mirada de perro apaleado, que hizo de intermediario, y a quien el día anterior Jacinto tuvo que, en el bar de la plaza y aparte de invitarlo, pagarle un duro para conseguir la entrevista con su amo, lo que significaba que ya únicamente disponía de 35 pesetas. Estaba también presente un tipo de casi dos metros que debía ser su guardaespaldas y que, aunque no abrió la boca, no le quitó la vista de encima. El hijo de la tía María, de pie y en posición de firmes, planteó la necesidad urgente que tenía de la penicilina para su madre.

—Si no se le aplica morirá, don Gabriel. Y en cambio si la recibe, vivirá.

Imposible contestar con más precisión a la pregunta que el cacique le había hecho:

—¿Qué coño quieres de mí, chaval?

El don afinó su mirada:

—¿Y qué estás tú dispuesto a darme a cambio de la medicina? Porque supongo que las 50 pesetas que cuesta cada dosis no las tienes. ¿Me equivoco?

El precio, la mitad de lo previsto, lo recibió como una buena noticia. Más tarde comprendería el porqué de semejante rebaja. Pero, y aún y así, lo que llevaba consigo no alcanzaba ni siquiera para una dosis. Sí que, aparte de los siete duros residuales tras del unto a don Arturo, disponía de la medalla de plata de la Virgen de Guadalupe de su madre —si moría no le iba a servir de nada—, y del reloj de bolsillo de la familia, una herencia de su tatarabuelo que pasaba de generación en generación aunque siguiera parado desde hacía años por mucha cuerda que se le daba. Con suerte podía sacar entre 40 y 50 pesetas por ambas cosas, nada comparable con las 200 que costaba el tratamiento completo de las cuatro dosis. No creyó que poniendo encima de la mesa aquellos objetos, o con la promesa de un dinero que no poseía, conseguiría torcer la voluntad de quien tenía delante. Por eso, con el índice de su mano sobre el pecho y señalándose a sí mismo, le dijo:

—Yo soy la garantía del precio. Estaré a su servicio para lo que mande, don Gabriel, seré su esclavo hasta que usted considere que le he devuelto lo que valen las medicinas.

El otro cruzó una mirada con su secretario, que asintió, antes había informado a su señor acerca de la fama de pendenciero del mancebo que ahora se mostraba tan humilde y entregado:

—Si usted lo acepta no se arrepentirá —remachó Jacinto.

Pero al cacique eso no le bastaba, quería escuchar de su boca un compromiso más explícito y sin condiciones:

—¿Estarías dispuesto a matar si yo te lo pido?

—Sí, haré lo que usted me ordene.

La respuesta la dio con voz firme y sin ninguna vacilación incluso antes de que don Gabriel acabara de formular la pregunta. Estuvo a punto de añadir que, sino matar, y durante las pasadas fiestas de Plasencia, ya había dejado malherido a un rival por un asunto de faldas, pero se abstuvo. Estaba convencido de que don Arturo le había puesto al corriente de sus hazañas. Aparte de considerar que ya se había humillado bastante, la oferta estaba hecha, y reiterarla no la mejoraría.

—Mira que si no cumples el compromiso te las tendrás que ver conmigo, ¿sabes lo que eso significa, no?

Aunque le estaba poniendo a prueba, al cacique le gustaba aquel rapaz, todo fuerza y autodominio.

—Lo sé don Gabriel, pero eso no será necesario, cumpliré a plena satisfacción suya.

Y cruzando los dedos se los llevó a los labios y los besó a modo de juramento.

El don se echó hacia atrás apoyando la espalda en el respaldo de su sillón:

—De acuerdo. Este —con la barbilla apuntó a su secretario como quien señala a un objeto inanimado—, te dará tres dosis de 100.000 unidades.

El médico le había hablado de cuatro, por eso replicó:

—Perdone usted, pero tendría que ser una más, cuatro dosis.

El otro chasqueó la lengua con disgusto, no soportaba que nadie le contradijera:

—De momento date por satisfecho con esas tres. Si necesitas más, hablaremos. ¿Conforme?

¿Cómo no estarlo?, ya vería como se las arreglaba para forzar en un futuro la cuarta:

—De acuerdo, lo que usted diga.

—Pues mañana, a las nueve, acudes otra vez aquí. Arturo te las dará. Las tres, ¿eh?

Con aquellas palabras don Gabriel dio por terminada la conversación, esperando que su visitante, conseguido el objetivo que le había llevado hasta allí, desapareciera de su vista. Pero antes de hacerlo, Jacinto se acercó al buró y adelantó su mano, un formalismo que el cacique tardó unos segundos en aceptar, como si dudara en oficializar el compromiso, algo que Cortés interpretó como una señal de su menosprecio hacia él. Cuando por fin, y ante su firmeza en mantenerla extendida, el cacique se la estrechó, la notó sudada y fría.

Unos ojos achinados acompañaron las últimas palabras de quien a partir de ahora sería su dueño y señor:

—Espero que tu madre se ponga pronto buena. Y que tú sepas a quién le deberás el que siga con vida.

—Sí, don Gabriel, nunca lo olvidaré.

—Pues como dicen los curas, que así sea.

Pedaleando regresó a Los Barruecos de donde ese mediodía había partido al recibir un recado de don Arturo comunicándole que su jefe lo recibiría. Eran las nueve de la noche cuando cruzaba el umbral de su cabaña. Tía Ernestina, la vecina que se había quedado al cuidado de su madre, le cedió su sitio a la cabecera de la enferma tras decirle:

—María sigue igual. ¿Has traído la medicina?

—Mañana la tendré. Luego iré en busca de don Daniel —era el médico del vecino Arroyo de la Luz que atendía las necesidades sanitarias de los Barruecos.

Se pasó la noche velándola; cada par de horas le ponía el termómetro que don Daniel le había dejado prestado para tomarle la temperatura, que rondaba los 39 grados. A las seis y media de la madrugada, todavía oscuro, dejó a la tía Ernestina sentada en una silla de anea junto al lecho pasando el rosario y él, sin haber pegado ojo, volvió a subir a la bicicleta y recorrió la distancia que le separaba de la plaza Mayor de Cáceres. Llegó frente a la entrada de la residencia de don Gabriel poco antes de las ocho, una hora antes de lo previsto. La ciudad, en esa mañana de primeros de septiembre estaba desierta, solamente las ráfagas de un cálido y húmedo viento procedente de la vecina Portugal lo acompañaban. Durante las pasadas horas de vela había ido rememorando toda la información que poseía sobre don Gabriel. Sus negocios, las fulanas que se le conocían —una en Cáceres y otra en Elvas—, la lista de todos aquellos que sotto voce se decía que se había llevado por delante tras esquilmarlos… El tío Servando, un vecino que había venido a visitar a la enferma hacía dos noches, al contarle que estaba intentando contactar con el cacique para obtener la penicilina le aconsejó que fuera con mucho tiento:

—Se le conoce por el Nuquero, así se refieren a él los de Cáceres cuando están seguros de que nadie los oye. Al parecer, durante la Guerra Civil pegó el tiro en la nuca a más de un republicano que, cargando con lo mucho o lo poco que tenía, trataba de escapar de los nacionales pasando a Portugal. Así se hizo rico en cuatro días, desvalijando a sus víctimas de todo lo que llevaban encima, joyas y dinero, además de cobrarles por adelantado un alto precio por ponerlos a buen recaudo y a salvo, una promesa que después incumplía. Y no solamente eso, sino que para que el negocio fuera aún más redondo, les cortaba la cabeza y con ella en un zurrón acudía ante el comandante de Valencia de Alcántara por si había una recompensa de por medio. Los que se cruzaban con él aún recuerdan la pestilencia a carne podrida que lo acompañaba. No te fíes de él.

Aquel con quien la tarde anterior había sellado un pacto de futuro vivía en un caserón de piedra frente a la escalinata que comunicaba la plaza con el casco antiguo; la fachada sobrecargada de escudos nobiliarios —por supuesto que no eran los suyos, porque el Nuquero era hijo de la Faustina y el Raimundo, de oficio ropavejeros quienes, hasta que su hijo pegó el salto a la opulencia, se ganaban la vida comerciando por los pueblos—. Completaban los ornamentos de la mansión robustos capiteles, cornisas y gárgolas, con puertas y ventanas cercadas y enrejadas con delicados trabajos de forja. Don Gabriel vivía en las dos plantas superiores; en la baja estaba lo que él llamaba su despacho al que se accedía mediante una doble puerta de marquetería, a su derecha un portalón daba entrada a la cochera. Si el dueño de aquel casón pretendía, ante todos aquellos que se acercaran, hacer ostentación de su poder y riqueza, lo había conseguido. En comparación, el resto de construcciones, aunque había alguna de parecidos volumen y rotundidad, palidecían frente a su cuidado e impoluto estado.

Lleno de impaciencia Jacinto estuvo paseando por delante, todas las aberturas cerradas y sin ver entrar ni salir a nadie, hasta que diez minutos antes de la hora convenida, y sin poder esperar más, golpeó el picaporte. Al cabo de un par de minutos una enlutada y legañosa mujer entreabría la puerta.

—Soy Jacinto, el hijo de María la Larga, de Los Barruecos. Ayer estuve con don Gabriel y don Arturo. Vengo a recoger una medicina.

Con un gruñido, la vieja le dijo que aguardara, y, dejándolo en la calle cerró de nuevo el quicio de menos de un palmo por donde había asomado la cabeza. Un cuarto de hora más tarde, cuando él iba a repetir la llamada, de nuevo la puerta se abrió y reapareció el mismo ajado rostro; en su mano sostenía un paquete envuelto en papel de periódico y atado con un cordel. Se lo tendió:

—Toma.

—¿Es la penicilina?

—Es lo que me han dado para tí. ¡Tú sabrás! —fue la indiferente respuesta de la mujer.

—¿No están don Gabriel o don Arturo?

—El amo aún duerme, y don Arturo no acostumbra a venir hasta más tarde.

Si Cortés hubiera tenido la intención de pedirle alguna aclaración o darle las gracias no hubiera podido, porque un segundo más tarde de tener en su mano el atadijo se produjo el portazo y el sonido de la pesada balda al correrse desde dentro. Guardó el paquete en el interior de la camisa, se dirigió hacia donde había dejado la bicicleta sujeta a una reja, la soltó y pedaleó con furia. Cualquier retraso podía ser fatal.

3

Media hora más tarde irrumpía en la casa del médico. Este abrió el paquete y aparecieron las tres dosis, de lo escrito en inglés en la pegatina solo pudieron entender la cifra, 100.000 U. En todo caso era lo que esperaban.

—¿Cómo lo has conseguido? —le preguntó.

—Siempre hay maneras —sin especificar nada más.

—Pues no perdamos tiempo.

Ataron la Orbea de Cortés a la baca del Ford Balilla y recorrieron la distancia que separaba Arroyo de la Luz de la cama donde María estaba a 40 de fiebre. Ahora era la tía Asunción, otra vecina, la que estaba a su cuidado aplicándole trapos de vinagre en la frente y los pulsos. En la mesilla dos estampas, una de Santa Rita, la patrona de los imposibles, y otra de la Virgen de los Siete Dolores con su corazón atravesado por siete puñales. El muchacho, aunque no participaba en sus creencias ni conjuros, respetaba los para él excesos religiosos de María y el resto de comadres del pueblo; no lo reconocía, pero en aquel trance algún poso del catecismo salmodiado por don Merino se removía en su interior al haberle escuchado decir en la consagración: «Señor yo no soy digno de que entres en mi alma, más una palabra tuya bastará para sanarme».

—Tranquila madre, te vas a curar —le dijo, al tiempo que le tomaba la mano.

Ella le dirigió una mirada entre ida, incrédula y soñolienta, mientras el médico cargaba la jeringuilla y, levantándole la manga, se disponía a inocular en su brazo la supuesta panacea.

Cortés observó con reverencia cómo, por la presión del pulgar de don Daniel sobre el émbolo de cristal, el preciado líquido iba pasando de la cánula al brazo de ella, culminando la acción un ligero frote del algodón que absorbió las pocas gotas de sangre consecuencia de la punción.

El día y la noche los pasó en duermevela, esperando que la fiebre bajara. Disminuyó, pero muy poco, sin estar en ningún momento por debajo de los 39 y medio a pesar de los emplastos que le aplicaba sin descanso, y del antibiótico que era de suponer debía empezar a hacer su efecto. En la habitación, sin ventilar desde hacía una semana y con el calor residual del verano, sobrevolaba un denso vaho maloliente, como si la muerte estuviera allí presente aguardando el instante adecuado para llevarse a su presa. De vez en cuando resonaban los jadeos de la enferma, que Cortés intentaba cortar incorporándola y colocándole una almohada en la espalda.

Por la mañana fue el boticario llegado de Malpartida quien le aplicó la segunda inyección, sin que tampoco los efectos se notaran.

—De un momento a otro debe producirse una reacción, ya lo verás. Siempre ocurre así —le dijo don Rigoberto para animarlo.

Al día siguiente la tercera dosis. La fiebre seguía sin bajar, 40 con dos décimas era lo que marcaba el mercurio. La respiración cada vez más agitada y los estertores más profundos.

—No hay reacción. Habría que alargar el tratamiento —le comentó el médico, que fue quien le puso la tercera inyección.

Cortés asintió, volvería a coger la bicicleta y regresaría a Cáceres. ¿Qué podría ofrecerle a don Gabriel para sacarle un par de dosis más? Lo que fuera. Se humillaría, le suplicaría.

Pero no fue necesario hacer el viaje porque al poco, antes del mediodía, y emitiendo un profundo suspiro, su madre expiró después de haber ido espaciando cada vez más sus inspiraciones hasta el agónico ronquido de la última. Don Daniel, presente en la alcoba en el momento de la muerte, verificó el tránsito después de buscarle el pulso y no encontrarlo.

—Se nos ha ido. Todo ha terminado.

—¿Qué ha podido pasar?, ¿por qué no se ha curado? La penicilina, ¿no dicen que obra milagros? No lo entiendo —Jacinto.

El médico, que sabía por don Timoteo porqué medio el muchacho había obtenido las dosis, cabeceó y comenzó a recoger sus utensilios mientras parloteaba:

—No todos los enfermos son iguales. Algunos reaccionan mejor que otros. La medicina no es una ciencia exacta. Tal vez la enfermedad ya había avanzado demasiado. Se han tardado unos días, seguramente ha mediado demasiado tiempo antes de aplicar el tratamiento.

Jacinto intuyó que aquella explicación no contenía toda la información y los conocimientos que el otro poseía. Adivinó una sombra de ocultación en su mirada huidiza, en su tono y en las prisas por irse que de repente le habían entrado. Y cuando ya el médico había guardado el estetoscopio, la cuchara y la linterna que empleaba para inspeccionar la garganta de sus pacientes, dispuesto a regresar a Arroyo de la Luz dejando el espacio libre para el que enterrador hiciera su trabajo, lo cogió de las solapas y lo zarandeó:

—¿Qué cojones está pasando aquí?

—Nada, no ocurre nada. ¿Qué quieres que ocurra? Está muerta, eso no tiene remedio. Es lo único que cuenta.

—Usted sabe o sospecha algo, y yo quiero saberlo. Era mi madre. ¡Y no se irá sin decírmelo!

Don Daniel hizo intención de zafarse, pero Jacinto, fuera de sí, lo sujetó con fuerza. A pesar de que su peso y su estatura eran inferiores a los del médico, este sentía que llevaba las de perder si peleaban, la fama del hijo de María la Larga le precedía.

—Quiero que sepa que me he comprometido ante don Gabriel a hacer cualquier cosa, incluso a matar, a cambio de la penicilina. Y puedo empezar ahora mismo. ¡Así que dígame qué está sucediendo!, ¡y no me engañe! —A continuación sí que lo soltó, pero estampándolo contra la pared.

—Yo no tengo nada que ver con esto —balbuceó don Daniel.

—Eso seré yo quien lo decida. Ahora suelte lo que sea.

—No estoy seguro... —y nuevo empellón, esta vez dando con su cuerpo en el suelo. Se levantó con dificultad, apoyándose en la silla. Ante la intención del otro de seguir golpeándole alzó las manos a modo de parapeto:

—¡Espera, espera! ¿Tienes el último frasco, el de esta mañana?

—¡Aquí está! —Con gesto rápido. El botellín se encontraba encima del cajón de madera que hacía de mesilla, junto al algodón usado y las dos estampas religiosas.

El médico sacó un cortaúñas de su bolsillo, se acercó a la ventana, apartó el visillo en busca de más luz y maniobró hasta extraer la goma que taponaba el pequeño recipiente de vidrio, atisbando el interior. A continuación metió el índice rebanando el cristal y se lo acercó a la nariz, al tiempo que dirigía una mirada frontal a Jacinto.

—Bueno, estoy esperando —él, tras la tercera y profunda aspiración del médico.

—No lo puedo asegurar al 100 por 100, pero en alguna ocasión he puesto penicilina y creo que...

—¿Qué?

—Que esto es un placebo.

—¿Un placebo?, ¿qué hostias es eso?

—Desde agua a cualquier otra cosa, pero no es penicilina. Con el precio que alcanza hay quien consigue frascos vacíos, incluso los fabrica, los rellena y luego los vende como si fuera el antibiótico. Creo que estamos ante un caso así.

Tomó el tapón y acercándose más a la luz lo estrujó hasta que encontró lo que buscaba. Le hizo un gesto a Jacinto para que se acercara:

—Mira, aquí es donde yo he pinchado y he extraído el líquido. —En efecto, la superficie de la goma presentaba un pequeño agujero—: Pero hay otra punción al lado de esta, ¿la ves?

Sí, Cortés la distinguía.

—Quien sea extrajo la penicilina original, que supongo aplicaría en algún enfermo, para luego vender o reutilizar el envase que se volvió a llenar con un placebo.

—Pero, don Gabriel... —Cortés buscando falta de lógica en aquel razonamiento—: él recibe cantidad de medicinas por la frontera de Portugal. Además, y conociéndole, no creo que nadie se arriesgara a engañarlo. Y el precio, 10 duros la dosis…

—Yo no digo ni mucho menos que él sea el culpable —saltó el médico de inmediato—: Solo digo que esto pasa.

—¿Está seguro?

Volvió a oliscar el tarro:

—Podría jurarlo. Además, el nulo efecto que han hecho las tres dosis es la mejor prueba. Si hubiera habido aquí penicilina de la de verdad, tu madre estaría ahora dando saltos de alegría por la habitación.

El muchacho tenía los ojos puestos en el envase. Tras un momento de vacilación, don Daniel dejó el tapón y el frasco sobre la mesilla, se agachó, tomó del suelo su maletín de artilugios sanitarios y se dispuso a abandonar la habitación; lo que en vida había sido la madre de Jacinto seguía con su petrificada y muerta mirada fija en los rollizos de madera del techo. El médico avanzó dos pasos en dirección a la puerta, ansioso por salir de allí cuanto antes. Iba a conseguirlo cuando sintió una mano que se clavaba en su hombro y lo obligaba a detenerse:

—Esto queda entre tú y yo, ¿de acuerdo?

El tuteo con que el muchacho se dirigió a él le sonó como lo que era, una amenaza. Se limitó a responder:

—Sí, por supuesto.

Estuvo a punto de preguntarle qué se proponía hacer, pero finalmente guardó silencio. Mejor no saberlo. Jacinto le soltó, don Daniel se recompuso el atuendo y lo dejó solo. En la puerta de la alcoba se cruzó con la tía Ernestina esperando. De su antebrazo izquierdo colgaba la ropa con que iba a vestir a la difunta, una mantilla, unos calcetines de lana y una bata negra que olía a naftalina, en sus manos sostenía un pote de colorete, un peine y un frasco de colonia. Estaba inquieta porque sabía que cuanto más tardara en hacerlo, la rigidez del cadáver haría más difícil su tarea.

—¿Ya puedo pasar, don Daniel? —le preguntó.

—Sí, ¿habéis avisado a don Merino?

—Ha ido el tío Facundo —de la calle llegó el repique del avisador.

—Debe ser el cura. Le diré que aguarde hasta que la vistas.